sábado, 9 de diciembre de 2006

de un 10 de diciembre

Siempre tan elegante, aunque ese día un poquito más. La mina se levantó, planchó tres de sus cuatro vestiditos con lunares, botones en el cuello, peinado concentrado, zapatitos afilados, y salió disparando. Es que estaba ansiosa, realmente ansiosa. Había esperado ese momento desde chica, cuando sus ancestros femeninos le contaban lo difícil que era tener un par de tetas en este mundo asquerosamente machista. Ella no entendía porqué, hasta que sus abuelas empezaron a batirles algunas hipótesis. Por la parte de su raíz maternal, esa vieja sostenía que los hombres copaban la escena política y económica porque no podían copar nada más. “En el fondo saben que las mujeres dominamos otros campos más importantes, dejalos”, repetía la vieja. La abuela por parte de su padre era un tanto más honesta: “Son todos impotentes, y para remediarlo se hacen los machos prohibiéndonos a nosotras, tratando de dominarnos, pero después en la cama…por favor querida, por favor”.
La mina empezaba a entender un poco más. Pero los años seguían pasando, y la escena…la escena igual: un par de hombres chequeando urnas machistas, contando votos impotentes, estableciendo ballotages precoces, y presentando fórmulas políticas afligidas que pedían en gotas amor maternal.
Pero el día llegó, como siempre. Un mundo femenino prohibido, silenciado, en gotas. Ternura que gotea inteligencia, abrazos, percepciones casi escatológicas. Era el día del puntapié. El primero. El arranque: 10 de diciembre de 1860. Lugar: Wyoming, un pequeño estado de los Estados Unidos. La mina se levantó, planchó tres de sus cuatro vestidos con lunares, peinado concentrado y elegante, tan elegante como siempre. Ese día la mina representaba una parte de la humanidad, mejor dicho: a la humanidad. A las millones de panzas abrigadas que prestan vivienda cuidadosa por algunos meses (está todo pago: comida, cama, masajes y amor incluidos). A las millones de sensibilidades que después de ese día comenzaron a expresarse libremente: opinando, calificando, en una misma posición. Machismo en gotas, goteando sumisión. Alguna energía femenina de pie, dejando las gotas de lado. Y una mina que votaba por primera vez en la historia de la humanidad. Por allá, por Wyoming, un 10 de diciembre de 1860: el día en que el macho despertó, dejó su circular mentira de lado, y desayunó una inteligente belleza.

viernes, 8 de diciembre de 2006

de un 8 de diciembre

"Inventemos algo súper adictivo y que haga mierda a los seres humanos”, repetían dos hermanos yankees el 8 de diciembre de 1948. Su fórmula era simple y en potencia de éxito. Nunca se imaginaron que de una idea surgiera un estilo de vida, una bomba disfrazada en conteiners de gusanos, cerdos capitalistas, suba de precios indiscriminada, adicción a toda costa, y fotos mentirosas irradiando mensajes de felicidad.
La reunión era concreta y bien al pie. Uno de los dos hermanos se levantó, rompió eso que ahorra como un chancho, contó algún que otro dólar, y juntos fueron en búsqueda de un local. Un espacio chico, por cierto. No había guita. Los hermanos no tenían tanta plata como sí ideas de conquistas globalizadas, espantadas, sin control expansivo, y de memorias repetitivas de la anterior…la anterior hamburguesa, por cierto.
Abrieron. Comenzó. Enfermaron. Al pueblo yankee. Sin control. Por dios. Qué rica que es. ¿Qué mierda tiene esto? Mierda, mucha mierda, eso. Sigamos comiendo, otra más por favor. ¡¿Cuánto saleeeee?! ¿Pero esto es joda o qué? Con esa guita come una familia entera marginada de los suburbios latinoamericanos por una semana. ¿Qué mierda les pasa? Mierda, mucha mierda. Pero no importa, dame el combo más grande por favor. Sí, sí agrandalo. No no, un poco más. Metele más papas boluda. ¿Vas a tardar mucho más? ¿No ves que quiero mi hamburguesa súper condimentada? Pero qué hijos de puta, éstos me vendieron una foto súper carnal y alusiva como la que había visto en la 9 de Julio, ¿te acordás? Y mirá lo que me traen, una mierda, es eso, una mierda. Pero qué rica por dios, dame otra. Sí boluda, una más. No importa, tengo plata. Sí, tengo. ¡¿Cuánto?! Pero con esa guita come una familia entera marginada de los suburbios latinoamericanos por una semana hijo de puta. No importa, traeme ese combo igual, sí, dale.
8 de diciembre. Cumpleaños. Conteiners de gusanos. Suba de precios. Dependencia absoluta. Desde un pequeño local. Poca plata. Hermanos en gotas. Ideas en gotas. Hamburguesas goteando poder. Irradiando esclavitud de próceres. Ronald, ese payaso drogadicto. La mentira del año: el empleado del mes. Si tarda más de 5 minutos poneme un coso de papas más hija de puta eh.
8 de diciembre: Los hermanos McDonald empezaban a planificar una supervivencia artificial. Desde un local, sin medir magnitud. Los chicos, y los grandes que aprovechan acompañando a los chicos. Los grandes, y los chicos que reclaman a los grandes la cajita más infeliz de este planeta.

jueves, 23 de noviembre de 2006

de un 24 de noviembre

El pibe se levantó esa mañana del 24 de noviembre de 1991 con una sensación rara. Es que la noche anterior había comido mucho ajo, y el cuerpo hoy se lo cobraba, como siempre. El pibe era un rutinario: pantuflas, café, diario, y la infaltable música de Queen de fondo que lo invitaba a bailar solo por la cocina. Y así era este pibe: la vergüenza del barrio, que se reía a carcajadas cuando lo veían imitar a Mercury (escoba en mano pseudo micrófono, bigote afilado, musculosa apretada, pantalón sin oxígeno y movimientos pélvicos dignos de ser envidiados -ver foto-).
Pero esa mañana el pibe no bailó como siempre de agitado. Era un día triste (se había quedado sin trabajo en plena era menemista), y por eso eligió los temas más bajoneros de Queen para tirarse en la cama, cerrar los ojos, respirar profundo y volar un poquito al compás de los teclados de Mercury, sin más drogas que las de la armonía. El pibe estaba mal, en serio que estaba mal. Lloró a carcajadas, y con el tiempo empezó a sentir algo en el pecho, algo parecido a lo que las madres dicen que sienten cuando su hijo está en peligro. Pero el pibe no era padre, ni siquiera seguía siendo hijo (sus padres habían muerto en el zoológico), y la razón de su angustia era un tanto inexplicable para él, para mí, para vos. El pibe estaba mal, en serio que estaba mal.
¡Qué recuerdos! Pero pensar que nadie le cree. “Yo sabía, lo sentí, yo sabía”, sigue repitiendo. Pobre pibe, es el día de hoy que sigue contando todos los años la misma historia. Y en esta fecha siempre se agudiza más. El pibe lo cuenta, a todos, a todo el mundo. Hoy se levantó religiosamente, puso algunos mp3 insólitos de Queen (cómo pasa el tiempo pibe), y lo sentó al hijo con tono de examen. Después de escuchar una seguidilla de 20 canciones, le contó la historia de ese día: dolor en el pecho, presentimiento, familiaridad de fan, dolor en el pecho, presentimiento, y un líder que se despedía para siempre. Su hijo se quedó callado, llamó a la mamá, y le preguntó:
-Mamaaaa ¿Es cierto lo que cuenta papá de ese día?
-No sé, el dice que sí (contestó sonriendo).
Pero el pibe no dio pelota. Siguió escuchando Queen, prendió una velita a la foto de Mercury, se persignó, y dicen que por unos cuantos aniversarios más va a seguir contando la misma historia. Hasta que alguien le crea ese dolor en el pecho. Hasta que alguien le crea el presentimiento del adiós a su ídolo.

martes, 21 de noviembre de 2006

de un 22 de noviembre

Así como entender, entiende poco. Nació hace muchos años en un territorio menos ágil, al que nunca le quiso dedicar muchos pasos. La vida nómada siempre le pareció aburrida: para qué caminar, por favor, para qué caminar tanto, si en este lugar tengo todo. Y que su pensamiento no sea entendido como mediocre, no. Su camino a la victoria siempre estuvo aferrado a las raíces: como reina, ganadora, primera, siempre primera y única. Esos eran algunos de sus objetivos en gotas, que con el tiempo fueron disolviéndose en charcos embarrados de olvido ¿A quién le importa? ¿A quién le importás Ceibo? Si es tu día, si no es tu día, si te morís, si nacés… A pocos, a muy pocos, ¿a nadie? No me atrevería a desilusionarte tanto. Por lo menos hubo alguien que pensó en vos. Alguien que ni siquiera piensa en mí, o en quien esté leyendo esto. ¡Qué afortunado Ceibo! Aunque no lo sepas, aunque no lo creas, aunque no lo escuches ni veas, tanto esfuerzo desde tu lugar no fue en vano. Te cuento (disculpá la demora, recién hoy me enteré) que en 1942 el Poder Ejecutivo te declaró como Flor Nacional Argentina. Suena a chiste, y que no me creas es entendible. Tantos problemas, tanta burocracia, tanta cacerola, y un gobierno que solo pensó en vos. Imagino el momento del debate:
-¿A qué flor queremos considerarla nacional muchachos?
-Yo propongo al jazmín
-A mi el jazmín me parece que no dice nada. ¿Por qué no declaramos al tulipán que tiene un nombre más boludo?
-Bueno tendremos que sortear. Traeme el bolillero (alguien le ordenó a Antonio Cafiero, que por esos momentos ya había empezado su carrera política)
Me imagino que seguís sin creerme. Estás en tu derecho, al derecho, y por la ridiculez de estos hechos, paso a lo concreto: revisá, desde tu lugar, siempre desde tu lugar, el decreto Nº 138474/42. Hoy es tu día Ceibo. Tampoco pretendo felicitarte, ni desearte un buen día. Simplemente informarte, por si no lo sabías, que un gobierno pensó, pensó, en vos. Y después dicen que ahí quietito, sin hacer mucho ruido, y sin otro fin que el de colorear la realidad, no se llega a nada…

sábado, 18 de noviembre de 2006

de un 18 de noviembre

Es un día esperado para Laura. Después de un mes repleto de exámenes, hoy rinde su última materia: fotografía artística II. No estudió, ella dice que no estudió nada, y no por vaga, sino que aclara que la fotografía tiene “mucho de salir a la calle, y esas cosas más prácticas”. Y así fueron estos días: pateando por las plazas para recortar realidades dignas de ser fotografiadas: la fuente colonial, el banquito verde escrito con liquid paper, y las palomas gritando en gotas por esos flashes tan violentos y disparados.
Laura está por rendir. Dice que no está nerviosa, aunque su pulso demuestre lo contrario. Dice que sabe, y la verdad que sabe lo que dice. Laura sabe. La fotografía la acompaña de chiquita, y que hoy esté por recibirse de fotógrafa es un poco un sueño, o una realidad soñada, pero con sueños al fin.
Un 18 de noviembre esperado con ansias, pero en gotas de información. Laura se sienta en la mesa de examen, muestra sus fotografías, y el profesor le cuestiona:
-¿Sabe qué día es hoy?
- 18 de noviembre.
-Sí, ¿pero qué más?
-Bueno, hoy me recibo (contesta sonriendo)
-Qué bueno, felicitaciones. ¿Y qué más? Debería saberlo aunque no forme parte de la materia.
Laura ya no sabe qué decir. El profesor saca una foto, se la muestra en la cara, y la mira. Es una imagen vieja de un tipo con rulos y bigotes. Parece del siglo XVIII o XIX (como mucho). Pero Laura se queda callada. ¿Y ahora qué? Su mirada dispara hacia ningún lado, y sus palabras callan en gotas. El profesor espera. Ella piensa. A los dos minutos –dos minutos de puro silencio, ¡dios mio!- la imagen le remonta a un libro de historia, historia fotográfica, sí. Es del tipo este Daguerre, Louis-Jacques-Mandé Daguerre. Un pintor francés que dicen que inventó la fotografía. Yo no lo ví. Pero me contaron que hizo algún que otro experimento con sustancias químicas que ayudaban a capturar la imagen. Minutos, largos minutos de exposición para que la imagen se fuera fijando en gotas. Daguerre, y nada más. Una foto suya, y nada más.
El profesor mira. Ella mira.
-Sí, es Daguerre, el precursor de la fotografía profesor.
El examen sigue. Ella no entiende porqué le mostró esa foto. La materia es otra. ¿Qué tiene que ver?, piensa. Rinde. Aprueba. Se recibe. Y a la noche se entera que en su esperado 18 de noviembre, el inventor de lo que ella es hoy cumple 219 años.

de un 17 de noviembre

El público expectante, pero triste. No siempre las expectativas logran abrazar la alegría, y mucho menos la euforia de una porción de hinchas que grita con fuerzas y nostalgia, recordando cada una de las jugadas para luego ser contadas: a sus hijos, nietos, los esperanzados bisnietos. Que la bola se vaya corriendo, ya, ¡ahora! Esto merece ser visto. “La máquina” está por salir señores. Miren. Disfruten. 17 de Noviembre de 1946. Recuerden esta fecha: la prensa, la gente, tu calendario, porque allá vamos. El equipo sale a la cancha. La máquina, la gloriosa máquina riverplatense de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau está por salir, pero no como siempre…expectativas, tristeza, tristeza: la máquina está por jugar su último partido.
17 de noviembre triste. El fútbol de luto. Una despedida dulce para esas cinco personas que lograron el apodo de un aparato fuerte, productivo, y destructivo. Rivales con miedo, en gotas. ¿Quién los para? Yo no los vi. Me contaron, mostraron, enseñaron fotos de ese 17 de noviembre de 1946: sesenta años antes de estas tribunas vacías. De partidos sin color ni misterios. ¿Quién los para? Yo los vi. Hinchadas en gotas. Futbolistas en gotas. Y empresarios goteando el dinero en oficinas violentas, sin tanta camiseta como camisas rosas, en flores. Un 17 de 2006 poco amateur, un tanto más profesional. Fútbol empetrolado, y armado. Que allí, que acá, que esto, lo otro. La maquina, la gloriosa máquina, y sesenta años en el medio de golpizas, corridas, y unas pequeñas gotitas que intentan limpiar esta pelota que el Diego aseguró que no se mancha.